La gran pregunta sobre las vacunas es si podrán cortar los contagios: por primera vez, hay indicios positivos, pero aún quedan demasiadas dudas que resolver

La gran pregunta sobre las vacunas es si podrán cortar los contagios: por primera vez, hay indicios positivos, pero aún quedan demasiadas dudas que resolver

La mejor noticia de la pandemia es que las vacunas están haciendo justicia a las enormes expectativas que se levantaron cuando vimos, por primera vez, sus datos preliminares. Allá donde los niveles de vacunación están cubriendo a una parte significativa de la población, la evolución de la pandemia no deja de darnos buenas noticias.

Sin embargo, hay un enorme punto negro en el corazón de estas vacunas: aunque parece claro que protegen contra la enfermedad, no se sabe si impiden que los vacunados se infecten y transmitan el virus de forma asintomática. Algo que, aunque pueda parecer de menor importancia ahora mismo, es crucial para definir nuestro el futuro a medio plazo de la pandemia.

Ayer, la Universidad de Oxford y AstaZeneca presentaron unos resultados de su vacuna que, a falta de ser revisados en profundidad, dibujan un escenario moderadamente optimista: pese a que no midieron la transmisión del virus entre vacunados, hay medidas indirectas que podrían encajar con ello. Sería una buena noticia. Una noticia que seguimos sin poder confirmar. Veamos por qué.

¿Una vacuna puede protegernos y no cortar, a la vez, la transmisión de la enfermedad?

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Seguramente, esta sea la idea más contraintuitiva del funcionamiento de las vacunas. Sobre todo, porque es algo que no suele ocurrir. Las vacunas suelen ser efectivas para ambas cosas. No obstante, como nos recuerda el biólogo Javier Arcos, no es la primera vez que ocurre algo similar.

El ejemplo más obvio es el poliovirus cuyas epidemias azotaron el mundo durante buena parte del siglo XX. La erradicación de la polio ha requerido históricamente dos vacunas porque era la única forma de reducir el contagio asintomático e impedir que volviera a infectar a nuevas generaciones aún no inmunizadas.

En el caso de los coronavirus, hablamos de máquinas moleculares muy difíciles de burlar y, teóricamente, podrían hacerse fuertes en las vías aéreas superiores donde no causarían síntomas, pero podrían seguir transmitiéndose. Como nunca antes habíamos conseguido una vacuna humana exitosa frente a ellos y, de hecho, las pocas que hemos desarrollado para animales no funcionan demasiado bien, los investigadores se centraron en la eficacia de éstas y olvidaron el otro problema.

Pero no debemos olvidarnos de ello en absoluto: superado el primer escollo (el de la eficacia), el problema de la transmisión sería un enorme punto débil desde el punto de vista epidemiológico. Y uso «sería» porque, siendo estrictos, aún no tenemos datos reales sobre la medida en que las vacunas disponibles reducen la transmisión del virus. Ha sido algo que, sencillamente, no se ha estudiado con detenimiento.

¿Un problema para la inmunidad de grupo?

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Sí y este es el principal problema. En general, cuando hablamos de inmunidad (sea esta natural o adquirida) unificamos las dos cosas: se reduce el impacto de la enfermedad en el vacunado y, también, se reduce su capacidad de trasmitir el agente infeccioso.

De hecho, al centrarnos de forma específica en la inmunidad de grupo, hablamos precisamente de esto. En la medida en que los agentes infecciosos saltan de una persona a otra, aumentar la inmunidad poblacional hace que los brotes que puedan surgir en cualquier momento se sofoquen. Al no tener nuevos sujetos a los que infectar, no tienen capacidad para seguir creciendo.

Así, vacunándonos no solo nos estamos protegiendo a nosotros mismos, sino también a aquellas personas que por distintos motivos no pueden hacerlo. Pero si el coronavirus puede moverse con total libertad de un inmunizado a otro, la vacunación reducirá la mortalidad de los vacunados, pero no ayudará en nada a todas esas personas que no pueden recibir la vacuna ya sea por cuestiones médicos o porque aún no la han recibido. El virus se moverá libremente por la población hasta encontrarlas.

¿Vacunarse es la única forma de inmunizar a la población? Aunque la OMS lleva meses señalando que la inmunidad de grupo solo puede ser un objetivo asumible si se alcanza «mediante la vacunación» porque permitir que «la enfermedad se propague a cualquier segmento de la población […] daría lugar a casos y muertes innecesarios», lo cierto es que no es la única estrategia con la que contamos. A la inmunidad artificial (a través de vacunas), se le suma la inmunidad adquirida por los infectados (que parece bastante robusta) y toda una serie de inmunidades conseguidas por el contacto con otros coronavirus o, incluso, de forma natural. A día de hoy, es muy difícil ponerle cifras a todos estos fenómenos, pero es la combinación de todos lo que nos protege (o nos puede proteger) del virus.

¿Qué impacto tiene todo esto en nuestra capacidad para controlar la pandemia?

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El principal impacto de esta falta de estudios, datos y evidencias es que la llegada de las vacunaciones masivas no conllevará un cambio en el resto de medidas de control de la pandemia. Las mascarillas, la distancia social y las restricciones en espacios cerrados van a seguir siendo elementos importantísimos para controlar la pandemia.

La buena noticia es que este problema (en caso de confirmarse) ralentizará la vuelta a la normalidad, sí; pero, por lo que sabemos de otras enfermedades, no tendría por qué impedir que podamos controlarla. Quedan muchos retos (las nuevas variantes, la inmunización de los países menos desarrollados, etc…), pero el fin de la pandemia empieza a materializarse. Aunque sea más lento de lo que esperábamos.


La noticia

La gran pregunta sobre las vacunas es si podrán cortar los contagios: por primera vez, hay indicios positivos, pero aún quedan demasiadas dudas que resolver

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Xataka

por
Javier Jiménez

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