La vacuna de la viruela del mono muestra que hemos aprendido muy poco de gestión pandémica pese al COVID

La vacuna de la viruela del mono muestra que hemos aprendido muy poco de gestión pandémica pese al COVID

Ya sabíamos, porque lo hemos aprendido de la peor manera posible, que no hay nada como una epidemia para sacar a la luz todos los problemas que arrastran nuestros sistemas sanitarios, nuestras estructuras productivas y, en último término, nuestras sociedades mismas. Lo que no esperábamos es que, tan poco tiempo después de sufrir el COVID, otra epidemia iba a dejar claro que no hemos aprendido casi nada. Pero es así.

¿Qué otra manera hay de entender que, si tenemos 12 millones de dosis de la vacuna de la viruela del mono y la Organización Mundial de la Salud estima que necesitamos entre cuatro y diez para controlar la enfermedad, falten vacunas por todos lados?


El laberinto de la vacuna. La clave para entender todo este problema la daba hace unos días Belén Tarrafeta, farmacéutica especializada en acceso a los medicamentos, y tiene mucho que ver con la maraña de barreras burocráticas, comerciales y regulatorias que (aunque pueden ser fundamentales para garantizar la seguridad farmacológica en tiempos de normalidad) se convierten en un laberinto sin salida cuando una enfermedad nos pone contra las cuerdas.

Como explicaba Tarrafeta, «la vacuna para la viruela del mono de Bavarian Nordic se registra en 2019 con tres nombres diferentes: Jynneos en US, Imvanex en EU y Imvamune en Canadá». Ahí empiezan las incógnitas: no está claro por qué esta disparidad.

Aunque no está claro cuál es los motivos (comerciales, reglamentarios, o de otro tipo), si parece esencial porque «el registro de un medicamento se hace bajo un nombre comercial, de tal manera que el mismo medicamento con otro nombre comercial, fabricado en el mismo lugar, no tiene registro y, por tanto, no se puede importar sin un ‘permiso especial'».

Una carrera de ratas. Y no hablamos de un futurible. Cuando empezó la epidemia, «Jynneos podía utilizarse hipotéticamente para prevenir la viruela del mono en Estados Unidos, pero Imvanex no se podía usar con esa indicación en la Unión Europea». No obstante, lo cierto es que no se había usado nunca para frenar una epidemia (pese a que las epidemias de la enfermedad se daban de forma recurrente en África). Era, por así decirlo, una vacuna con fines estratégicos. Estaba ahí «por si acaso».

Tanto es así que la vacuna estaba guardada en grandes contenedores (no estaba en viales) y hay algunos «millones de dosis caducaron hace pocos meses». Esto se debió a que, cuando explotó la viruela del mono, el fabricante había dejado aparcado todo lo que tenía que ver con esta vacuna para producir otras más prioritarias. Por eso, cuando se pone a punto el tema regulatorio (en junio en EEUU y a principios de julio en Europa) hay un enorme cuello de botella.

Por eso, aunque se han doblado las plantas de envasado, los lotes que están saliendo son vacunas que ya tenían dueño. Eso es lo que hace que Nueva York haya «recibido más de cien mil dosis, el doble de vacunas que todo Reino Unido». Es decir, los países de todo el mundo han vuelto a la «carrera de ratas» por tener sus vacunas y no hay ningún mecanismo general que permita racionalizar el uso de esas vacunas.

Más recursos, peores resultados. Como decía al principio, la falta de esos mecanismos hace que aunque tengamos suficientes vacunas para contener la epidemia, no vamos a contenerla. Es más, vamos a necesitar muchos millones más de dosis de las estimadas para ver cómo la epidemia sigue expandiéndose sin poder frenarla. Es inevitable pararse frente a este sin sentido y preguntarse, ¿en serio no hemos aprendido nada?

Imagen | Steven Cornfield


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Xataka

por
Javier Jiménez

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